Este libro est dedicado a todas las madres y padres que, despu s de una separaci n, olvidaron que el amor de pareja puede terminar, pero el amor hacia los hijos jam s deber a convertirse en un campo de batalla. Tambi n est dedicado a quienes a n viven aferrados a un amor que ya termin . A quienes, incapaces de soltar el pasado, convierten el resentimiento en palabras y las palabras en heridas que terminan marcando el coraz n de los hijos. Porque, aunque muchas veces no lo parezca, los ni os escuchan, observan y guardan en silencio todo aquello que los adultos creen que olvidar n. Y no... nunca lo olvidan. Cuando una pareja decide separarse, no solo termina una historia de amor. Tambi n comienza una nueva responsabilidad: aprender a ser padres desde caminos distintos. Separarse significa aceptar que la otra persona dejar de ser tu compa ero o compa era de vida, pero jam s dejar de ser el padre o la madre de tus hijos. Esa realidad, aunque duela, merece respeto. Ninguna separaci n ocurre sin heridas. Algunas terminan por desgaste, otras por falta de comunicaci n, por desamor o incluso por una traici n. Cada historia es distinta y cada persona vive el dolor a su manera. Sin embargo, existe una decisi n que todos podemos tomar: impedir que ese dolor se convierta en una carga para nuestros hijos. Ellos no necesitan conocer los errores de sus padres. No necesitan escuchar qui n fue infiel, qui n abandon el hogar o qui n hizo m s da o. Necesitan conservar la tranquilidad de amar a ambos sin sentirse culpables por hacerlo. Los hijos nunca deber an elegir entre mam y pap . Nunca deber an sentir que amar a uno significa traicionar al otro. El rencor puede aliviar moment neamente a un adulto, pero en un ni o se transforma en confusi n, inseguridad y tristeza. Cada palabra de desprecio, cada comentario lleno de resentimiento y cada intento por destruir la imagen del otro padre termina dejando una marca invisible que puede acompa arlo durante toda su vida. Con el paso del tiempo comprender s que las parejas pueden equivocarse. Que existen personas que llegan a nuestra vida para ense arnos, para hacernos felices durante un tiempo y para ayudarnos a crecer, aunque su destino no sea permanecer a nuestro lado para siempre. Y eso tambi n est bien. Porque el verdadero fracaso no es que una relaci n termine. El verdadero fracaso ocurre cuando permitimos que nuestros hijos paguen el precio de nuestros errores. El amor no se demuestra destruyendo a quien un d a elegimos. El amor hacia los hijos se demuestra protegiendo su paz, respetando a quien comparte con nosotros la responsabilidad de criarlos y comprendiendo que, aunque ya no exista una familia bajo el mismo techo, siempre seguir existiendo una familia en el coraz n de ellos. Un hombre no se casa para encontrar una empleada. Una mujer no se casa para encontrar un proveedor. Dos personas deciden unir sus vidas para caminar juntas, crecer, apoyarse mutuamente y construir un hogar. Cuando ese proyecto deja de existir, ambos tienen derecho a buscar una nueva oportunidad para ser felices. Y esa nueva oportunidad tambi n merece respeto. Si alg n d a la vida te obliga a separarte, hazlo con dignidad. No hables mal del otro frente a tus hijos. No utilices la pensi n alimenticia como un arma. No conviertas las visitas en una competencia. No obligues a tus hijos a cargar un resentimiento que nunca les perteneci . Ellos merecen recordar a sus padres por los abrazos, las ense anzas y los momentos compartidos, no por las discusiones que escucharon detr s de una puerta. Recuerda siempre que un ni o no necesita padres perfectos.
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