Valeria tiene treinta y cinco a os, dos hijos peque os, una deuda de ciento cincuenta mil quetzales y la vida reci n desmantelada. Despu s de seis a os de matrimonio y una separaci n que lleg despacio, como llegan las cosas que uno sabe pero no se atreve a nombrar, tom la decisi n m s dif cil que su orgullo le permiti tomar: volver a casa de su mam . Lo hizo con las cajas apiladas en un cuarto de bodega convertido en hogar temporal, con Mateo de cuatro a os y su cocodrilo de peluche llamado Alfredo, con Isabella de uno, y con la determinaci n silenciosa de que no exist a otro camino m s que salir adelante.
El dos de enero del 2024, en su primer d a en Constructora Arco, conoci a Sebasti n. l lleg con un casco de motorista que lo hac a parecer astronauta, ese d a que adem s era su cumplea os, y le extendi la mano con la naturalidad de quien no sabe todav a que ese momento va a importar. Ella lo not m s de lo que deber a haberlo notado. No de la manera obvia de las pel culas, sino de esa m s sutil: la que empieza como curiosidad y que uno no siempre reconoce hasta que ya est bastante avanzada.
Lo que sigui fue construy ndose despacio y sin que ninguno lo decidiera: conversaciones en la cocina de la oficina que duraban m s de lo necesario, canciones compartidas por WhatsApp a las diez de la noche que con el tiempo se convirtieron en un idioma propio, almuerzos que pasaron de ser excusa a ser lo m s real de la semana. Un su ter azul marino dejado sobre su escritorio sin decir nada. Una flor sobre el teclado sin firma ni mensaje. Llamadas desde una gasolinera a las once de la noche, porque l pens en marcarle mientras manejaba para ordenar la cabeza.
El problema, el nico y enorme problema, es que Sebasti n ten a pareja. Y una hija. Y una vida construida que no era la de Valeria y que ella sab a, desde el principio, que no pod a serlo. Lo supo. Lo archiv . Por un tiempo, eso funcion . Hasta que dej de funcionar.
Lo prohibido tambi n se ama es la historia de ese amor que lleg sin permiso en el momento m s complicado. Es tambi n, y tal vez sobre todo, la historia de una mujer que aprendi a reconstruirse desde cero: a conseguir su propio apartamento con vista a los rboles, a criar a sus hijos con lo que ten a y un poco m s, a pagar su deuda en cuotas que dol an pero que se pagaban, a descubrir que era m s valiente de lo que el derrumbe le hab a dejado creer. Y que era posible querer a alguien con intensidad, con todas sus contradicciones, sin perderse a s misma en el proceso.
Narrada en primera persona con una voz ntima, honesta y sin adornos innecesarios, la novela recorre los mensajes de madrugada y los silencios de cinco d as, las peleas que duelen y los audios que empiezan a reparar, la pregunta constante de hacia d nde y la honestidad de no tener todav a la respuesta. No juzga ni absuelve a sus personajes. Solo cuenta, con la misma franqueza con que Valeria aprendi a vivir: sin pretender que todo es simple cuando no lo es, y sin renunciar a lo real aunque lo real duela.
Porque hay amores que no caben en los lugares correctos. Que existen en los m rgenes, en los par ntesis de la vida real, en las canciones mandadas sin texto y en las llamadas que no aparecen en el historial. Y que se aman igual, con toda la fuerza de lo que no puede decirse del todo en voz alta pero que ocupa espacio, deja huella, y cambia para siempre a quien lo vivi .