Los poemas de La almendra de la noche, son construcciones aparentemente surgidas del chispazo, fingidamente sencillas, y que en el fondo son el producto de un poeta en plenitud, que ejerce de una impronta cincelada con la insistencia del rencor amado. El suyo es un discurso fantasmal, pero plenamente bajtiniano: lo dirige con la precisi n de un dardo y, en simult neo, viaja con una dosis de suerte, de azar, para que el poema conserve una revelaci n de poes a. La almendra de la noche est compuesta por una serie de poemas peque os -la mayor a-, esenciales, reducidos al m nimo de palabras para potenciar su sentido, de una manufactura tan bella que llamarles aforismos ser a injusto, porque el resultado es impecable est tica e intelectualmente: su belleza tiene que ver con el pensamiento que iluminan y con la luz que los hace posibles. Si Goche pretend a escribir una obra l rica, un canto, un quejido humano, lo ha logrado. Y lo ha logrado, por extra o que parezca, con el recurso m s humano y a la vez menos natural que poseemos: el lenguaje. Este libro es el eslab n intermedio que Pedro nos ofrece como resultado de un experimento en donde la metodolog a podr a resultar dudosa, pero no el resultado; si pudi ramos replicar el resultado de estos poemas con la mera inspiraci n, no dudar a un segundo un patentar el m todo de Pedro como una m quina de hacer poemas. Y si no lo hago, es porque el m todo falla: no funciona porque la poes a de Pedro Goche es ya una marca imposible de replicar, un asunto de naturaleza irrepetible. La almendra de la noche, hay que decirlo, es un libro espont neo y cr ptico en simult neo. La primera lectura sugiere que estamos frente a un poemario de sencillas pretensiones, pero no bien terminamos el texto, ya nos damos cuenta de las trampas del lenguaje: de repente estamos a mitad de un d dalo lleno de significados posibles, un armaz n tan enigm tico como la figura de una almendra representando al todo racional, al mismo tiempo que tratamos de asomarnos desde un punto ciego, a tientas, con el instinto por delante. Se trata de un poemario en donde la musicalidad, el ritmo primitivo, el instinto, la prueba, el error propio de la inspiraci n ciega, van penetrando esa entelequia del hombre moderno, tan propenso a los armazones conceptuales. Es m s: tan propenso a vivir una hiper-realidad por miedo de asomarse a la ventana. Las tres obras contenidas en la nueva edici n de La almendra de la noche, forman apenas una muestra de la vasta obra que Goche ha escrito en m s de 20 a os de trabajo, una buena parte de la cual -no lo dudo- fue escrita bajo el influjo de este paradigma bicameral donde la inspiraci n invade el territorio liminar del pensamiento. Sigo sin la certeza de que la inspiraci n pura sea posible, pero tampoco me queda claro que el lenguaje sea la sustancia nica del poema, o de que s lo se trate de su andamiaje m s externo que adorna nuestras sensaciones primitivas; puede que en el fondo de cada poema que a partir de ahora leamos, encontremos una almendra, una sustancia, y vayamos por la calle tarareando ciegamente algunas cosas que tardemos en entender. Y cuando esto suceda, tendremos que acordarnos de Pedro Goche, que ha escrito uno de esos exttra os libros para pensar y cantar, cantar y pensar, sin importar el orden.
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