Nadie se llama Hermano.
Es lo que decimos cuando no sabemos -o no nos interesa saber- c mo se llama el otro.
En estas par bolas sat ricas, cada Hermano cree en Dios. Lo que est en duda es todo lo dem s: a qui n le reza, qu espera recibir, qu vers culo usa para justificarse y qu excusa guarda para el ltimo minuto.
Uno reza a San Pedro para acumular influencias en la entrada del cielo. Otro convierte sus ofrendas en inversiones. Otro culpa al enemigo por las consecuencias de sus propios actos. Hay quienes publican su humildad, buscan excepciones en la Biblia, delegan su fe en las oraciones ajenas o levantan monumentos personales bajo el nombre de casa de Dios.
El Hermano no es una burla contra la fe, sino contra el oportunismo, la hipocres a y la habilidad humana para vestir de virtud aquello que no queremos cambiar.
Cada cuento presenta a un Hermano distinto, sin rostro, nombre ni denominaci n. El lector decidir a qui n se parece.
Ese es precisamente el peligro.
Porque resulta f cil reconocer al Hermano en un vecino, un familiar, un ministro o un creyente conocido.
Lo dif cil comienza cuando el dedo deja de apuntar hacia los dem s.