La insolaci n en el desierto es una acci n temeraria. Desde tiempos inmemoriales el Norte tiene la desgracia como repertorio y otras por a adidura (guerras y matanzas) como si la congoja susurrara una voz de cuna, como si las flores hechas de papel exorcizaran palabras desgarradoras. Las estatuas nos sentencian por dejar a nuestros h roes del Pac fico bajo tierra, olvidando en el cerro sus cruces.
En este libro convergen ngeles y Soldados bajo tumba en di logos que nos enmudecen, un nima que sentencia: "cuando se nace pobre la disciplina es el mayor acto de rebeld a", el aluvi n del 91 que separ a un Prodigio y un Paria, una jaur a y su quejido en lo alto del cerro y tantas otras historias que se consolidan en la memoria y, aunque el Cristo del Elqui suene febril, no hay mejor tiempo aprovechado que peregrinar por ese desierto a pie calato.
La salitrera tiene la muerte subrayada y quien consagra su vida en pos del desierto debiera vivir dos veces.
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