JERUSAL N, A O CEROLa habitaci n del hospital en Jerusal n estaba sumida en un silencio cl nico, roto solo por el zumbido de las m quinas de soporte vital. El paciente de la cama 4, un hombre encontrado inconsciente en las excavaciones del Monte del Templo meses atr s, no ten a nombre ni registros. Los m dicos lo llamaban "L zaro" por su inexplicable resistencia a morir, a pesar de que sus constantes vitales eran casi nulas.Pero esa noche, cuando el reloj marc la medianoche del primero de enero de 2026, el monitor card aco cambi su ritmo. No fue un despertar gradual, sino una resurrecci n violenta; el hombre abri los ojos y aspir aire como si emergiera de un oc ano profundo. Su mente no estaba en una habitaci n as ptica, sino en el campo de batalla de Ascal n, rodeado de acero y sangre bajo un sol abrasador.Recordaba el peso de la cota de malla, el olor a caballo y el juramento sagrado de proteger el C liz de la Verdad hasta el fin de los tiempos. Mir sus manos, esperando ver guanteletes de hierro, pero encontr piel p lida y v as intravenosas. Se arranc los cables con una fuerza que no correspond a a un cuerpo atrofiarlo, ignorando la sangre que brotaba de sus venas.Una enfermera entr alertada por las alarmas y se qued petrificada. El hombre se puso de pie, desnudo y cubierto de cicatrices que parec an mapas de guerras olvidadas. La mir , no con confusi n, sino con la frialdad de un verdugo que eval a una amenaza. Habl en una lengua muerta, un lat n spero y gutural que reson en las paredes est riles como una sentencia."Deus Vult" -Dios lo quiere- susurr , antes de avanzar hacia la puerta con paso firme. No sab a c mo hab a llegado all ni cu nto tiempo hab a pasado, pero sent a la "Llamada". Una conexi n m stica, un hilo invisible que tiraba de su alma hacia el Oeste, hacia Roma. El Custodio hab a sido despertado porque el sello estaba en peligro.Su misi n no hab a cambiado en novecientos a os: purgar a los infieles, silenciar a los curiosos y blindar el secreto con una muralla de cad veres si era necesario. Sali a la noche de Jerusal n, ignorando las luces de ne n y los coches que pasaban veloces. Para l, el mundo moderno era solo un nuevo escenario para la misma guerra eterna.Rob ropa de un tendero nocturno con movimientos precisos y letales, vistiendo su cuerpo para la batalla que se avecinaba. Su instinto lo guiaba hacia el Vaticano, donde el Vicario de Cristo lo hab a invocado. Godofredo de Saint-Omer hab a regresado, pero el mundo lo conocer a con otro nombre.
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