Nadie pronuncia el nombre de Yaroth. No es un dios, ni un demonio, ni siquiera una idea. Es una ausencia. Un hueco imposible en la trama del mundo, una grieta que respira bajo la l gica y corrompe sin tocar. No puede ser invocado, porque no escucha. No puede ser adorado, porque no responde. Yaroth no es una voluntad, sino una condici n. Mucho antes de que existieran los mapas, cuando los hombres a n tem an al firmamento y daban nombre a las estrellas para tratar de domesticarlas, algunos escuchaban su llamada. No eran creyentes. No eran profetas. Solo miraban demasiado tiempo hacia donde no deb an. Algunos desaparecieron. Otros comenzaron a escribir en lenguas que ya nadie puede leer. Y unos pocos construyeron en silencio, sin comprender del todo lo que estaban despertando. Desde entonces, el mundo arrastra una fisura invisible, un leve desajuste, como si algo estuviera fuera de lugar en la geometr a de los d as. Y aunque al principio Yaroth parec a surgir solo en la conciencia -como una visi n, un desvar o o un error en el pensamiento-, con el tiempo su huella se volvi material. Tom forma, reclam cuerpos, requiri sacrificios... Lo que sigue no es una historia. Es una filtraci n. Una grieta por la que se cuela lo que no deber a ser visto, lo que no deber a ser pensado. Yaroth no promete revelaciones, ni venganza, ni poder. Solo observa. Solo espera. No necesita templos, pero los tolera. No exige culto, pero acepta la entrega. Le basta con que alguien mire. Con que alguien lea. Porque quien lo reconoce, lo alimenta. Y lo que habita en estas p ginas, no busca comprensi n ni sentido. Solo persiste... Yaroth no entra en el mundo. El mundo entra en Yaroth.
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