Hasta 1923, cuando tuvo lugar el devastador terremoto de Tokio, las mujeres no pod an trabajar en Jap n. Tras esta fecha, se abri t midamente el mercado laboral a las mujeres, aunque Jap n sigui siendo un pa s de costumbres casi medievales. En semejante situaci n, una joven que no quiere casarse con los pretendientes que le propone su familia, y que adem s es pobre, tiene muy pocas salidas. Para Ikko, el comienzo de la Segunda Guerra Mundial y la posibilidad de que las mujeres trabajasen para el ej rcito fue la ltima salida. Sin pens rselo, recogi sus cosas y se present en la base a rea de su isla. La aceptaron para trabajar en el cuerpo auxiliar y de mantenimiento de la base. Acostumbrada a obedecer, Ikko no ten a ning n problema con la disciplina militar. Adem s, le pagaban un salario. Y disponer de dinero propio era algo que no hab a imaginado jam s. Con el tiempo, comienzan a establecerse relaciones entre los pilotos de combate y el personal femenino de la base. Ikko se enamora de un joven piloto de Osaka, y mantienen un ambiguo romance hasta que l es derribado en una batalla a rea. Ikko sigue yendo cada amanecer a despedir a los pilotos, que son todos una imagen del que ella perdi , y ni siquiera el comandante se atreve a ordenarle que deje de hacerlo. As pasa varias semanas hasta que llegan noticias de que l pudo lanzarse en paraca das. Cuando l regresa, insiste en que se casen, pero Ikko sigue neg ndose. La guerra acelera las historias de amor, como si todo el mundo temiese que cada d a de vida puede ser el ltimo, y en la base van quedando cada vez menos mujeres, unas porque se han casado y otras porque han preferido trabajar en la industria. En la batalla del mar del Coral, el novio de Ikko es derribado de nuevo y esta vez no hay posibilidad de que regrese: todos han visto su avi n estallar en el aire. Ikko se desmorona y pasa tres d as de rodillas sobre su estera, en silencio. Cuando regresa al mundo, se entera de que han llegado los primeros j venes Kamikazes, dispuesto a inmolarse por su pa s. Y ella decide inmolarse tambi n. Pero el sacrificio de una mujer, la clase de suicidio que ella se asigna, no ser subirse en un avi n para lanzarse con el enemigo. Ella elige la sutil autodestrucci n de acostarse con los j venes kamikazes, casi ni os, la noche antes de que partan a su ltimo viaje. Ikko se convierte as en una especie de leyenda. Una leyenda en forma de mujer que fuma cigarrillos, bebe sake y cuenta historias, como una Sherezade guerrera, en los barracones de una base. Ella es la que guarda la memoria, la ltima palabra y la ltima mirada de todos aquellos hombres. Y llevar consigo toda esa vida y toda esa muerte hasta el apocal ptico final. Hasta convertir su vestido en la ltima bandera de la base.
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