Aquí están los versos de Héctor Flores que arrastran la angustia y la vida de mucho pueblo del Aguán. Y arrastra la vida misma de Héctor, el Chaco de los sumergidos barrios de la Tocoa inexplicable. Con sus enormes heridas de otro tiempo ingrato, Héctor, el Chaco, nos abre la mirada para identificarnos con las sangrantes heridas del Aguán de nuestros días.
Estos versos se insertan en un "pequeño lugar" de la geografía hondureña. Es la vida misma de Chaco la que uno puede recitar en sus versos. Y en sus versos podemos recitar nuestras propias vidas, todos aquellos que alguna vez pisamos y respiramos esa tierra del Aguán. Es la vida de Chaco, y es la vida de aquella muchachada de las dos últimas décadas de un siglo que se fue; y son los versos de las vidas ingratamente atrapadas en las trincheras de una guerra agraria salpicada de política, narcos y traidores.
Los versos de Chaco no son de las trincheras de la muerte, porque no nacen de odios ni de balas, ni nacen para defenderse ni para aniquilar. Nacen en resistencia a la muerte y a la barbarie, y nacen para disparar auroras y solidaridades. Son versos que se erigen desde las trincheras de la paz y la ternura. Son los versos de las trincheras de abrazos y de voces, de cantos y de amores compartidos.
Los versos de Chaco arrasan con las trincheras de la guerra, y erigen las auténticas trincheras de cantos eternamente abiertos a la vida y a la paz que nos hermanan en una tierra donde nadie sobra ni nadie estorba, porque en el corazón de los versos de Chaquito caben todas las miradas y todas las complicidades.
Y esta complicidad es con la que nos inunda Chaco con la irrupción de su poesía. Y nos convoca para que con nuestros brazos construyamos en el Aguán la trinchera de poesía y lucha que acabe para siempre con la ignominia, y emerja merecedor de una tierra nueva, donde se cante la poesía de una paz que dure eternamente.