Un d a como otro cualquiera descubren en Lubitana que ya lleva alg n tiempo viviendo en la alameda una ni a, probablemente hu rfana de guerra que, como tantos, ha quedado como jirones de carne suelta tras el conflicto que ha desangrado Espa a durante m s de tres a os. Todos la ignoran, claro, en unos tiempos en los que todos o casi todos padecen necesidades..., excepto Lola, la prostitua del pueblo. Ella rabia en su interior porque la sociedad permite esas barbaridades sin hacer nada por evitarlo, pero, al mismo tiempo, sabe que ella no puede acogerla porque ni siquiera es considerada persona, sino carne de entretenimiento, un deshecho con forma humana de la que cualquiera puede abusar por unas monedas. Sin embargo, la parece que la ni a es m s o menos de la edad que tendr a su hijo si viviera, el que muri cuando la violaron los asesinos de su esposo, aquella noche tenebrosa que ya se pierde en la memoria.
Sin embargo, tras mucho meditarlo de todas las formas que la son posibles, furiosa con el mundo y con ella misma, Lola toma a la ni a y la mete en su casa, y que sea lo que Dios quiera. Y, lo que Dios quiere, seg n se ve, es que el pueblo en su conjunto la mire mal -las mire mal- porque con su osad a ha tenido la desverg enza de echarles a todos en cara que una... mujerzuela tiene m s coraz n que el resto de la aldea junta. Pero no son todos. Si los ni os, como ya hicieran cuando Zita viv a en la alameda entre cajas y cartones, la depreciaban entonces, m s la desprecian ahora; pero cada vez son m s los que se inclinan en favor de esa mujer valiente y esa ni a fea, y primero es el Loco Eusiquio, y luego do a Fausta, la de los Montoro, y m s tarde todos los Montoro, y a continuaci n el sacerdote y el doctor..., hasta que el pueblo se rompe en dos bandos, como en la guerra, casi al mismo tiempo que vuelve de c rceles y mares Mauro, el amigo del esposo de Lola, y pone su carne de parapeto para proteger a esas dos criaturas.
Pero el poder -siempre el negro poder que somete a los hombres a su propia nada-, ordena que se lleven a la ni a y la ingresen en un orfanato o una inclusa; y la ni a, al saberlo, escapa. La mitad del pueblo la persigue como a una bestia peligrosa; la otra mitad, reza para que no la encuentren. Y los chicos -emuladores de sus mayores-, la acosan como a una alima ana montuna, hasta que Rufo, el hijo del alcalde, la encuentra en las cuevas que ocuparan antiguamente los moros. Zita huye, pero el joven la persigue hasta que, a punto de darla alcance, un tropiezo y una rama rota propician que el joven caiga a un estanque y que la rama cierre la trampilla de desag e. Zita, ahora, puede huir, pero si lo hace su verdugo morir porque ha quedado inconsciente y el nivel del agua contin a subiendo. Y, regresando sobre sus pasos, hace lo nico que puede hacer, sujetarle con la cabeza fuera del agua para que el verdugo no se ahogue.
Es invierno, hiela. Zita lleva tantos fr os y tantas nieves sobre su cuerpo que est enferma. Tose, la duelen los brazos, tiene el cuerpo entumecido de fr o y, para resistir, canta. " Ves? Ves qu buena voz que tengo?", le dice al joven inconsciente. El agua casi les tapa ya las bocas, y es justo entonces cuando algunos hombres, atra dos por el perro aquel, los encuentra. Sacan a los chicos y los llevan a la casa de Lola, quien al ver en ese estado a su criatura, grita como si su garganta fuera la de todas las madres del mundo. "Una vez, Dios m o, habr de ser que un cuento humano termine bien", grita la mujer; pero la ni a, Ziza, muere entre sus brazos, siendo "mam " la ltima palabra que pronuncia.
Una historia de amor, dolor y redenci n en el infierno. Una historia entra able, dolorosamente hermosa y apasionadamente memorable que no dejar a ning n espectador indiferente por su potencia dram tica y lo entra able de sus personajes.