Victoria Lagos, la heredera caprichosa de una de las familias m s influyentes de la costa mediterr nea, est acostumbrada a que todo el mundo obedezca a sus antojos. Todo el mundo... excepto Alam Hudson, un minero forastero que trabaja en una explotaci n perdida entre barrancos y polvo, empe ado en arrancarle oro a una tierra que no da tregua. Cuando Victoria descubre que su abuelo pretende controlarlo todo -incluida su vida sentimental- decide hacer lo que mejor sabe: crear un plan tan absurdo como brillante. Necesita un matrimonio civil ficticio. Alguien que no pertenezca a su mundo, que no le deba nada a su familia y que no se atreva a cuestionarla. Lo que no espera es encontrarse con Alam: duro, insolente, deseablemente peligroso y demasiado consciente de su propio magnetismo. l no quiere problemas. Ella tampoco quiere enamorarse. Pero entre el calor sofocante del Mediterr neo, la mina que esconde m s secretos que oro y un contrato matrimonial que jam s debi existir, la tensi n entre ambos se convierte en una fuerza imposible de ignorar. Un trato fr o. Una atracci n ardiente. Dos mundos enfrentados. Y un matrimonio que no deber a significar nada... pero que cambiar absolutamente todo. El Porsche descapotable blanco se detuvo frente a la caseta de obra como un susurro arrogante entre la tierra seca. El sol del Mediterr neo ca a a plomo sobre aquel barranco olvidado en mitad de la costa de Castell n; un paisaje spero, casi lunar, que contrastaba indecentemente con el lujo pr stino del coche. La chica que lo conduc a se quit las gafas de sol con un gesto lento, estudiado. Mir alrededor con una mezcla de curiosidad y repulsi n. Aire caliente, polvo y roca. Ni un alma a la vista. Solo el rumor del viento serpenteando por la entrada oscura de la mina, al fondo, como si la tierra respirara desde sus entra as m s profundas. Baj del coche. El vestido veraniego -ligero, caro y evidentemente no apto para una mina clandestina- se le peg a las caderas con una sensualidad involuntaria. Y quiz ... estrat gicamente pensada. Se acerc a la caseta de madera, que vibraba con el sonido met lico de algo siendo triturado. El motor del coche hab a sido demasiado silencioso para delatarla. l no hab a notado su llegada. Ella s lo not a l. El hombre trabajaba de espaldas, inclinado sobre una mesa tosca, y cada movimiento hac a tensarse la musculatura de su espalda. Llevaba una camiseta sin mangas manchada de tierra y sudor, arremangada de cualquier manera, como si la ropa fuera un estorbo del que no se hubiera librado por pura educaci n... o por pura desgana. l era... peligroso. No por lo que hac a, sino por lo que era...
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