Paracelso. El nombre evoca tanto admiración como temor, respeto y recelo, un hombre que, desde su nacimiento en la ciudad de Einsiedeln, Suiza, en 1493, parecía destinado a desafiar todo lo que hasta entonces se consideraba inmutable. Desde muy joven, su espíritu inquieto y su mente prodigiosa se distinguieron entre los suyos. Hijo de un médico y alquimista, ya en la infancia se mostró curioso por la naturaleza de la vida y la enfermedad, fascinándose no solo por la teoría de los libros, sino por los misterios palpables que el mundo ofrecía: el murmullo de los ríos, la textura de los minerales, la sutileza de las plantas silvestres que crecían entre las piedras de los caminos.