Francisca Josefa del Castillo y Guevara (Nueva Granada, 1672-1714), escribi Su vida. Esta es una obra de car cter m stico, que adem s de tener como antecedente las obras de Santa Teresa de vila, encuentra sus ra ces en otros textos de mujeres religiosas.
A n cuando su obra no es extensa, su legado es importante desde la poca colonial, al mostrarse como una de las m ximas representantes de la literatura m stica.
Desde peque a, Josefa del Castillo evidenci su gran vocaci n religiosa mediante su inter s por las obras de sor Juana In s de la Cruz y Santa Teresa de Jes s, quienes influir an en su producci n literaria en la adolescencia.
Su vida fue escrita por sugerencia de su confesor, el padre Diego de Tapia, en el Real Convento de Santa Clara de la ciudad de Tunja. En general, las monjas escrib an una autobiograf a de sus experiencias m sticas desde los m s profundos padecimientos hasta las visiones que ten an, por sugerencia de sus gu as espirituales.
Su vida, de la madre Josefa del Castillo, nace de una red de discursos y g neros literarios al uso a comienzos del siglo XVIII y de las relaciones hist ricamente determinadas entre la autora y otros sujetos, y entre ella y la sociedad neogranadina de su poca. El texto es, entonces, la manifestaci n de una cultura cat lica, de procedencia oral, filtrada por el sue o y la visi n y, en especial, por las palabras de confesores y predicadores; estas palabras vertidas a la escritura con recursos, met foras y puestas en escena del teatro barroco tienen el prop sito de develar, enmascarar y autorrepresentar los infortunios y los encuentros con Dios de una monja en el encierro en funci n de la moral pr ctica y el comportamiento, de la verdad y de la simulaci n. La narraci n, reveladora de una cultura aristocr tica, ornamental, dogm tica e imperialista que desaf a a la Madre Castillo a buscar a trav s de la ret rica del poder la voz para configurar su otredad o, mejor, su doble alteridad de mujer colonial, es el producto de esa pr ctica social legitimada que esconde una po tica de lo no-dicho. La autora reescribe otras historias al imitar uno o varios modelos (ejemplarizantes, de control, de b squeda de un yo) en un molde pautado; de esa manera, como sostiene Beatriz Ferr s, su escritura termina por no decir nada nuevo o casi nada: s lo enuncia aquello que puede y debe ser le do. Es preciso fracturar ese silencio impuesto, mirar en sus bordes, en el subtexto de la obra y en sus intersticios para descifrarla.
ngela In s Robledo