Maren Dunnmore lleva catorce a os actuando con cautela.
Cuando su marido fallece y deja pruebas de una enorme trama de fraude inmobiliario -diecis is p ginas de testimonios firmados en los que se nombran cuarenta y siete propiedades robadas-, Maren se hace cargo de ellas. Tiene una sola oportunidad de entreg rselas a un comisionado federal en Portland, Oreg n, antes de que la vista del 1 de octubre cierre el caso para siempre.
Portland est a m s de tres mil kil metros de distancia.
Para sobrevivir al viaje, llega a un acuerdo con Cael Dunnmore, un antiguo investigador federal que guarda sus propios secretos. Un matrimonio de conveniencia. Su protecci n a cambio de su paso hacia el oeste. Un acuerdo pr ctico entre dos personas cautelosas.
Ninguno de los dos prev lo que supondr n cincuenta d as en el mismo banco de la carreta.
Pero alguien la ha seguido hasta la ruta. Un hombre de ojos claros llamado Fenwick aparece en la retaguardia de la caravana: demasiado callado, demasiado vigilante, demasiado calculador para ser otra cosa que no sea exactamente lo que es. Y cuando Cael por fin lee el documento que ella ha estado llevando en la bota, pasa a la p gina nueve y se queda muy quieto.
Su nombre aparece en l.
Cuando un desprendimiento de rocas bloquea el paso de monta a y les roba lo que les queda de tiempo, se separan de la caravana y cabalgan a toda velocidad hacia campo abierto -solos, con el documento entre ellos y Fenwick en alg n lugar m s adelante, con doce d as de preparaci n y a la espera-.
Llegan a Portland un d a demasiado tarde.
La vista ya se ha celebrado.
La ventana est cerrada.
Maren endereza la espalda.
Qui n m s tiene jurisdicci n?