La primera vez que lo vi, supe que era peligroso. No por lo que dec a, sino por lo que callaba.
Nate ten a el tipo de mirada que advert a sin pronunciar palabra. Una mezcla de tormento y desaf o, de seductora oscuridad, de algo roto que nunca termin de arreglarse. Me atrajo como un susurro en plena tormenta, como un incendio al borde del bosque. Era el caos vestido de calma, la destrucci n envuelta en caricias. Y yo, que siempre hab a cre do conocer la diferencia entre lo que est bien y lo que est mal, me encontr caminando directo a l, con el coraz n ardiendo en llamas y la piel ardiendo en deseo.
Nunca hablamos de amor en voz alta. Nos conoc amos demasiado bien para caer en la ingenuidad de las promesas. Pero lo sent amos en la forma en que nuestros cuerpos se buscaban, en la manera en que nuestras almas se aferraban la una a la otra en medio del desastre. Nate me hac a olvidar el mundo con un solo roce, y cuando me pose a, lo hac a como un hombre condenado, como si fuera a perderme en cualquier momento.
Pero no importaba cu n profundo lo sinti ramos. No importaba cu nto nos dese ramos. La sombra de su pasado siempre estuvo all , esperando, acechando, record ndonos que la felicidad es un lujo que no todos pueden permitirse.
El amor nos quem . La obsesi n nos consumi . Y el destino... el destino se encarg de recordarnos que, a veces, por mucho que dos personas se pertenezcan, hay fuerzas m s grandes que el deseo.
Yo lo amaba. Lo amaba con la piel, con los huesos, con cada respiraci n. Pero l...
l estaba hecho para la destrucci n.