Las dictaduras fueron, y a n son, escenarios donde la corrupci n desmedida se instala como un monstruo sin freno, dejando cicatrices profundas en los pueblos y cimentando las bases para que sus seguidores, con traje o con sotana, con uniforme o con corbata, perpet en el saqueo. M s tarde llegaron las "democracias", prometidas como ant doto, pero que pronto se vieron infiltradas por los mismos vicios. Empresarios del tama o de Odebrecht no hicieron m s que revelar la magnitud del pacto oscuro entre pol tica y dinero.
Pero la verdadera ra z de este mal no est solo en los palacios presidenciales ni en los consejos de ministros. Se esconde tambi n en la ignorancia que se abraza con resignaci n, en el inter s mezquino de quien vota a cambio de un favor, en la envidia que calla ante el xito ajeno, en la desidia que prefiere no involucrarse. El miedo, el ego smo, la codicia y hasta la esperanza malentendida son hilos invisibles que tejen la red donde la corrupci n se mantiene viva.
En cada ciudadano que mira hacia otro lado, en cada silencio c mplice, en cada peque a trampa cotidiana, se va alimentando el monstruo. Por eso la corrupci n no es solo obra de los gobernantes: es el espejo m s inc modo de toda una sociedad.