ALGUNAS MUJERES SON ELEGIDAS.
OTRAS APRENDEN DEMASIADO TARDE PARA QU .
In s Renter a llega a un pueblo perdido en la sierra de Durango con un trabajo sencillo: restaurar los antiguos vestidos utilizados en la Promesa de la Noche.
Tres semanas de costuras, encajes y plata envejecida.
Nada m s.
Pero en San Isidro del Pinar nadie habla de los vestidos como simples prendas. Las mujeres evitan tocarlos a solas. La m sica comienza despu s del anochecer. Los caballos recorren las calles cuando todos deber an estar dormidos. Y dentro de cada costura, In s encuentra instrucciones destinadas no s lo a vestir un cuerpo, sino a guiarlo.
A prepararlo.
A entregarlo.
El as Monta o conoce las rutas que se abren cuando empieza la m sica. Tambi n sabe qu ocurri con las mujeres que siguieron esas rutas antes que In s y regresaron con la mirada vac a, la memoria incompleta y algo ajeno respirando demasiado cerca de su piel.
Por eso intenta mantenerla lejos.
De los vestidos.
De la ceremonia.
Y de l.
Pero cuanto m s descubre In s, m s dif cil resulta distinguir entre lo que el pueblo est despertando dentro de ella y aquello que realmente desea. Porque la Promesa no necesita obligar a una mujer.
S lo necesita prepararla hasta que crea que fue su decisi n.
Ahora la noche ha comenzado a pronunciar su nombre.
Huir salvar a a In s.
Pero condenar a a otra mujer a ocupar su lugar.
Y en San Isidro del Pinar, cuando una mujer es elegida, puede regresar caminando, hablando y respirando...
pero no vuelve igual.