Los portales dimensionales se abrieron uno tras otro, iluminando el cielo como grietas de luz inestable sobre la isla del castillo de la muralla.
Uno a uno, los reptilianos cruzaron hacia su mundo natal, regresando al planeta lagarto tras la larga alianza con los humanos.
El aire se llen de despedidas contenidas.
No hab a celebraci n completa, solo la sensaci n de un ciclo que se cerraba demasiado pronto.
Los soldados reptilianos, heridos pero firmes, atravesaban los portales en formaci n.
Sus armaduras reflejaban las ltimas luces del conflicto, mientras el eco de las guerras recientes a n parec a resonar en las piedras del castillo.
El comandante reptiliano fue el ltimo en partir.
Mir una vez m s la ciudad reconstruida, las murallas da adas, y a los humanos que hab an aprendido a sobrevivir bajo la amenaza constante de las sombras.
Sin decir palabra, cruz el portal.
Y el acceso se cerr .
La isla del castillo de la muralla qued en silencio.
Pero no era un silencio de paz.
Era un silencio de espera.
Nadie permanec a all .
Observando las ruinas, las cenizas y el horizonte.
Sab a que la guerra no hab a terminado.
Solo hab a cambiado de forma.
El Rey Lagarto segu a siendo la amenaza final.
Y la humanidad no ten a forma de detenerlo sin algo m s poderoso que cualquier ej rcito.
El libro sagrado.
Y la espada sagrada.
Ambos eran la nica clave capaz de alterar el destino.
La nica posibilidad de vencer lo inevitable.
Y solo Nadie pod a encontrarlos.
No por deseo.
No por gloria.
Sino por carga.
Porque si fallaba...
la humanidad desaparecer a.
As , mientras el mundo intentaba reconstruirse entre heridas a n abiertas...
Nadie comprend a que su verdadero viaje apenas estaba por comenzar.