Ostentoso le miro en lo alto que revolotea en mi alma, lleno de gozo y nadie le ve. C mo llegar a volar si no tengo alas de esas firmes que hagan piruetas en el aire y llegue a la vista de todos, hasta de las m seras hormigas que cualquiera cree que las pisotean, laboriosas vienen y van, parecen locas, pero as se buscan el pan en forma cautelosa. Qu curiosas son que en su andar parece que chocan y con su carga en los hombros les avisan a las otras donde est n los almacenes que le puede suministrar los alimentos bendito su mundo de unidad y hermandad Valoro en esa ave su firmeza, es erguida, da la impresi n que carece de ese orgullo mal habido en su desarrollo promotor, vuela tan incansable que no tiene para cuando parar. Es que en su volar lo hace como si estuviera repartiendo amor. Cualquiera piensa que la vida en vez de una tuerca ha puesto un motor y sigue, sigue, nada le detiene en su af n de lograr lo que persigue. Suspiros y suspiros se escapan al pensar en el nido, que otro venga de mala fe y lo desbarata. La naturaleza pr diga es muy sensata y le hace ver lo maravilloso que ante sus ojos delata. Mirlo se llama esta mujer que al nacer su madre casi le mata, tan fuertes esos dolores de parto con sus contracciones que no pens bien entre malas condiciones, sobre una yegua sin montura, a ella se subi y corr a despavorida hasta la casa de la partera m s cercana, peligrando ambas vidas. Veterana era como le dec an a aquel animal que la vida de ambas pudo salvar. Acomod su cuerpo como si fuera una cama y por su pelo le sac , as supo al mundo venir, sostenida por la mano de su madre, sostenida del aire que le regala su primer vuelo, deb a seguir a la protecci n de lo que la vida quer a brindarle. El pobre animal sab a de la situaci n y sus patas delanteras, en su carrera veloz, beb a su sed de llegar frente a la partera, al fin se vio a Mirlo y ella acun entre sus manos, era un trinar soberano, como jam s nadie escuch , parec a el susurro del llanto, una tonada de cantos con supremac a al amor ese que reci n nacido ol a a jazm n despierto como el madrugador sue o vespertino, mosquitero de luz que les pudo ofrecer. Unos papeles le cubrieron todo su cuerpo y que no tuviera frio, lacerando su tierno plumaje de laureles. Su cabecita introdujo en el cuello maternal, suspiros y alientos que sab an a cuna. Veterana le vio feliz a Mirlo y satisfecha de su gran labor, al pasto verde fue a apreciar su sabor hasta hartarse y un repiqueo de cantos de aves, le vinieron a dar un saludo, mont ndose sobre su lomo, hasta la hicieron molestar ya que su comida estaba saboreando y a todos no les pod a su acci n explicar y los curiosos que eran todos esos coloridos y revoltosos p jaros de campi as quer an saber de su nuevo hu sped. Un rabotazo le tuvo que dar para que la dejaran tranquila Qu feliz era la llegada a la vida A la luz, al sol, a la tierra que le abr a sus brazos, el arco ris brind ndoles sus colores tiernos, sintieron dolor por ese color perdido en la gama de colores, de haberlo tenido tambi n se lo hubiesen regalado. La naturaleza entera se ofreci a darle la bienvenida e hicieron una ceremonia de gala bajo las estrellas que descendieron en forma de p jaro con esperanzas blancas, s mbolo de la paz que a veces no se logra ni se alcanza. Toda una constelaci n de luces baj formando un infinito en el aire, parec a que danzaban de contento abrazando al rabo de nube para descender hasta donde estaba Mirlo, que supiera que hasta donde estaban ellas su llegada ten a importancia, aunque fuera una m s entre tantos p jaros en la costa del Caribe. La cola del dormido caim n permanec a en quietud, se neg a darle la bienvenida. Con su mente ejemplar, de ella pudo visualizar el futuro de esa ni a y tragando sin apuro se volvi a acomodar.
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