Es obvio: todo esto va de la muerte. De la muerte peque a, la propia y, asimismo (veremos luego) la de los otros, esos seres que se nos van yendo: abuelos, padres, amigos... seres vivos que se nos adelantan en el morir. Y va, s (lo iremos viendo tambi n), de la muerte como s mbolo o abstracci n, o sentido o sinsentido (oh, paradoja) de la vida. O lo que es lo mismo, de una realidad fenomenal (como perteneciente o relativo al fen meno) que, en su caso, evoluciona hacia una realidad trascendente y, por tanto, a una actitud existencial distinta. Es lo que se observa ya desde el primer poema: CUELGA LA MUERTE /tan blanca /como un ramo de azucenas congeladas. Envueltos en la frialdad (porque es frialdad lo que se siente) de ese ramo de azucenas, pensamos en que, como dijo otro poeta 1]: Todos vamos a morir/ sabemos algo m s? Convicci n, no por obvia menos sobrecogedora, que nos introduce en el mundo de una de las poetas m s inquietantes del paisaje literario actual. Y lo hacemos esta vez a trav s de una obra generosa en cuanto a extensi n, porque en realidad se trata de la uni n de cuatro tiempos po ticos independientes: Nadie va a venir ahora salvo la muerte, Un gorjeo de piedra para el p jaro ciego, D nde pondr la muerte su mirada y Te mueres, se mueren, nos morimos. Momentos o secciones, como he dicho, sobre un mismo asunto, pero cuyas motivaciones o p rdidas son diversas: la del padre de la poeta, la de su abuela y, la m s general, de poetas mujeres con las que la autora se identifica. Porque Odalys es una poeta que, como casi todos, si no todos, los poetas y escritores aut nticos, tiene un obsesivo creativo que lleva hasta el l mite, sin que ello conspire contra la riqueza de la expresi n ni de lo expresado. ABEL GERMAN
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