Aquella ma ana se oy un inusual alboroto en el arrabal del olvido. Una voz masculina llegaba desde la arboleda del fondo como si llamara condesesperaci n a alguien. Pero Vicente Guzm n estaba demasiado cansadocomo para levantarse de la cama, a pesar de los ladr idos de los perros queiban sum ndose a los incomprensibles gritos, ajenos a la suerte o ladesgracia de los hombres. Vicente permaneci en posici n horizontal, y girando sobre s continu durmiendo de costado como si nada hubiera sucedido. Su cuerpo se hab atransformado a trav s de los a os en una carga in til arrastrada por lacruel fatiga del alma, pero esto carec a de importancia porque era mejor ym s sano descansar . Horas antes, repitiendo con id ntica precisi n el sagrado ritual de cada ma ana, hab a interrumpido su sue o para alimentar al caballo y atarlo al carro; despu s, llevando las riendas desinteresadamente, recorri lentamente el camino de tierra queune el arrabal del olvido con el pueblo, acompa ado del silencio que, a su lado yenvuelta en una vieja manta de lana, le ofrec a Francisca. Ella trabajaba en el centro, realizando las tareas de limpieza en casa deEleonor, y deb a presentarse all a primera hora del d a. El movimientoincesante de las ruedas de hierro mordi endo el empedrado carec a deritmo, y sin embargo las pisadas de l cabal l o proporcionaban cierta armon a.Esos cuatro golpes, repetidos innumerables veces, tr ansformaban el tiempoen una sustancia predecible, confiable y eterna. No acostumbraban aconversar durante el viaje porque ambos estaban abocados a la solitaria tarea de hurgar en la propia memoria, alternando una y otra vez losacontecimientos del pasado . A medida que iban adentr ndose en el pueblo, Franci sca comenzaba aincomodarse. Cierta verg enza parec a corroerla injustificadamente a lamisma hora cada ma ana. Acalorada, con una mano sobre la frente cubr asu rostro, intentando pasar inadvertida, aunque en verdad nadie sepercataba de su presencia. Cuando estaban por llegar a la casa de Eleonorya le era casi imposib le disimular su ntima humillaci n. Entonces, sin mirara los ojos de su compa ero, dec a: -Ac est bien, Vicente... -y bajaba del carro de un salto y sin volver lavista atr s. l daba media vuelta y, acomod ndose el sombrero para que no lemolestase el sol de frente, regresaba por el mismo camino a la vil la delolvido.
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