L?nea-imagen se cimenta sobre un uso del singular que refiere a dos. Quien mira y quien es mirado. Quien se encuentra entre las flores y quien deja al otro frente a "los muros vac?os". El primero es aquel que crea el espacio, dispone los objetos y construye la ficci?n. El segundo, sin voz, es toda la construcci?n de aquello que se ve y que se disfruta, por su belleza, su juventud y por su dulzura. El icono, el efebo, la fuente de la que mana el agua viva, se desarrollan en un juego equilibrista en los versos del poeta. En Guillermo Mart?n Bermejo se observa que la voz nunca es suficiente. Tan solo la voz nombra, pero solo en lo nombrado se conserva el lugar de la belleza y tambi?n la cripta de lo indescifrable. La ficci?n es el lugar donde se puede disponer de lo breve y lo carente que supone no tener la totalidad. Su poes?a de una lograda sencillez e inteligencia plantea constantemente el proceso de poder que se instaura cuando se ve al otro y ese otro permite el asombro.
El sujeto po?tico corta flores para rellenar cada jarr?n que, en un punto determinado de la l?nea-imagen, fueron amados por aquel a quien se ama sin mesura. En la medida en la que la nueva vida ocupa el pasado, surge el desplazamiento po?tico que sugiere Mart?n Bermejo. Caen aquellos muros sobre los que escribe. Como si cada prohibici?n pudiera ser superada con el trazo del recuerdo que instaura un presente conjunto y gr?vido de palabra, pero de una dolorosa ausencia. La ausencia de la edad, de la ruptura o el malentendido entre las personas dadas a la azarosa compa??a del entendimiento mutuo, caminan y se expresan con habilidad en cada paso que damos cada vez que avanzamos de la mano del artista.
Os invito a contemplar una imagen del libro: un jard?n que espera, mientras el cielo se apaga. All? donde todo crece gracias a la luz, enfrentado al mundo del ocaso. Dar un nombre para, en la medida en la que algo acaba, tener un clavo ardiente, una mano que se salva del naufragio y que se iza sobre s? misma con tal de retorcer la l?nea del tiempo. Guillermo Mart?n Bermejo, a trav?s de unas im?genes profundamente logradas que nos advierten de su trabajo pict?rico y el car?cter figurativo del lenguaje, nos conduce a un proceso de memoria, un mirlo cantor que avisa sobre aquello en lo que el poeta repara.
Cuando leemos a Mart?n Bermejo, leemos a alguien que, en sus propias palabras, no quiere conocerse del todo. Pues sabe que en el misterio est? el fruto de su fuerza y el embalse de aquello que no fenece. Leer a Guillermo como imperativo para no morir nunca. Su palabra como la insuficiencia de aquello que no puede decir lo absoluto, pero que aspira a la totalidad de lo dicho.
-Madre, d?nde est?s?
Te preguntaba el otro d?a en sue?os.
Entonces sent? plenamente,
en ese bell?simo gesto olvidado de la infancia,
c?mo me arreglabas el embozo de la cama.
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