De pronto, todo el cuerpo recuerda algo que nunca aprendi con palabras. Una corriente c lida asciende, lenta pero imparable, como si cada c lula hubiera estado esperando esta se al exacta. El coraz n acelera, no por miedo, sino por reconocimiento.
Ah, era esto.
Hay placer en la expansi n, en ese segundo en que la mente se rinde y deja de vigilar el mundo. La tensi n se disuelve como sal en agua tibia. El peso cae. La risa no explota: vibra por dentro. El instante brilla. No deslumbra: recompensa. Quieres quedarte all . No por apego, sino porque todo encaja con una precisi n casi obscena. El deseo no empuja: invita.
La calma no duerme: sostiene. Y entonces sucede lo m s raro de todo:
no falta nada que a adir
ni nada que quitar.
Est s lleno.
Est s despierto.
Est s vivo con una claridad tan limpia que duele un poco, pero de la forma correcta. Si esto fuera m sica, ser a el acorde que hace cerrar los ojos y asentir, como diciendo:
s ... exactamente as .
Dicen que el sonido nunca muere del todo. Que cada nota, cada palabra, cada suspiro, queda suspendido en el aire, vibrando m s all del o do humano. Si eso es cierto, entonces las emociones tambi n deben de perdurar: el miedo, la culpa, la ternura... resonando invisibles en alg n rinc n del universo.
Durante a os cre que la conciencia era solo un circuito el ctrico. Una corriente fugaz atrapada en la mara a de neuronas que se apaga cuando el coraz n deja de latir. Lo cre porque la ciencia me ense a dudar de lo que no se pod a medir.
Hasta que un d a, entre el zumbido de los monitores y el eco distante de mi guitarra, algo cambi .