-Iv n, te proh bo que sigas adelante con esta empresa. Ni una palabra de esto o estamos perdidos. Si se enteran los americanos o los ingleses de que tenemos oro en estas monta as, nos arruinar n. Nos invadir n a miles y nos acorralar n contra la pared hasta la muerte. As hablaba el viejo gobernador ruso de Sitka, Baranov, en 1804 a uno de sus cazadores eslavos que acababa de sacar de su bolsillo un pu ado de pepitas de oro. Baranov, comerciante de pieles y aut crata, comprend a demasiado bien y tem a la llegada de los recios e indomables buscadores de oro de estirpe anglosajona. Por tanto, se call la noticia, igual que los gobernadores que le sucedieron, de manera que cuando los Estados Unidos compraron Alaska en 1867, la compraron por sus pieles y pescado, sin pensar en los tesoros que ocultaba. Sin embargo, en cuanto Alaska se convirti en tierra americana, miles de nuestros aventureros partieron hacia el norte. Fueron los hombres de los d as dorados, los hombres de California, Fraser, Cassiar y Cariboo. Con la misteriosa e infinita fe de los buscadores de oro, cre an que la veta de oro que corr a a trav s de Am rica desde el cabo de Hornos hasta California no terminaba en la Columbia Brit nica. Estaban convencidos de que se prolongaba m s al norte, y el grito era de m s al norte. No perdieron el tiempo y, a principios de los setenta, dejando Treadwell y la bah a de Silver Bow, para que la descubrieran los que llegaron despu s, se precipitaron hacia la desconocida blancura. Avanzaban con dificultad hacia el norte, siempre hacia el norte, hasta que sus picos resonaron en las playas heladas del oc ano rtico y temblaron al lado de las hogueras de Nome, hechas en la arena con madera de deriva.
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