El d a hab a transcurrido como todos los dem s, escurri ndose por el desag e de una normalidad asfixiante. Acababa de llover, y el asfalto de la ciudad devolv a el reflejo distorsionado de los neones, esas cicatrices de luz el ctrica que promet an felicidades que yo no pod a comprar ni comprender.
Caminaba con la cautela de un animal herido que sabe que el bosque ya no le pertenece, o quiz s con la arrogancia de quien se sabe el nico despierto en un mundo de son mbulos.
Mi nombre, mi ocupaci n como restaurador de archivos digitales olvidados, o el n mero de mi documento de identidad, eran meras etiquetas, c scaras vac as que el ciudadano ejemplar utilizaba de sol a sol.
Pero ahora, al cruzar el umbral de la noche, esas etiquetas se despegaban, dejando la carne viva de mi verdadera naturaleza expuesta al fr o.