No se figure el lector por el t tulo que hemos dado a esta historia, que vamos a introducirlo en uno de aquellos talleres de peineter a, tan numerosos aqu , en tiempos que la peineta era el primer adorno de la cabeza de nuestras damas y en que la concha de carey constitu a uno de nuestros pocos ramos de industria. Muy lejos de eso, queremos que el amigo lector nos acompa e a uno de los barrios m s silenciosos y tristes de esta ciudad, donde no se oyera ni se ha o do nunca el martillar del platero, ni el golpear del zapatero, ni el crujir de las telas entre las cortantes tijeras del mercader. As como las ciudades mar timas en contacto con otras ciudades extranjeras no son las m s convenientes para estudiar las costumbres e ndole de los pueblos, del mismo modo los lugares p blicos, no son los m s a prop sito para comprender la vida ntima de una sociedad. Toda poblaci n es un gran teatro: los mercados, los tribunales, las plazas, los paseos, los salones filarm nicos, todos los sitios, en fin, donde el hombre se ostenta como verdugo, como v ctima, o como espectador, no son otra cosa que el proscenio -muy diferente es en verdad la escena, el papel que representa en la trastienda, en el gabinete, o en chiribitil-: porque al hombre particular sucede lo contrario que al verdadero actor de una comedia o un drama. ste, aun cuando ante el p blico se desnudara del traje con que se hab a disfrazado, quedaba siempre actor. Pero el hombre no. En la escena del mundo, su disfraz no consiste precisamente en los vestidos m s o menos costosos que viste, sino en la expresi n que por conveniencia, o por h bito o ndole, da a su fisonom a, y con la que se presenta a tejer la tela de la vida.
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