Durante miles de años hubo Diosas; la mujer habitada por el hijo, milagro que la duplica y la desdobla, produjo en el inicio de la especie miedo y adoración, ingredientes constantes de lo sagrado. El universo de la fecundidad se cierra sobre sí mismo: autopoiético y silencioso, es anterior a la palabra. A la mujer no se le pide que hable, porque el hombre pretende monopolizar el logos, la idea como espada de fundación; el eje masculino que define y limita la vastedad oceánica femenina. Así contempla Octavio Paz a la diosa dormida: agua que con los párpados cerrados / mana toda la noche profecías, inconsciente de su hondura, derramando oro líquido al oído del poeta, que la espía para cantarle luego. Cómo, entonces, admitir que ella cante y revele su propia naturaleza, su verdadera forma de amar, que descubre los límites del amante. El hombre, en general, se rehúsa a verse en tal espejo.
Las mujeres acceden a terrenos vedados para el hombre. Diosas o brujas, los "hombres necios" buscan hacer caer a la amada para luego despreciarla, como lo vio Sor Juana en el siglo XVII. Marlene Pasini publica este libro bien fundamentado, para dar una bienvenida visionaria a la reivindicación del principio femenino, capaz de hacer de nuestro mundo un ámbito habitable en armonía con todos los seres.
Iliana Godoy