Esta introducci n que ahora comienza y que pretende ser el umbral de una catedral de carne y de palabras no es una invitaci n a la lectura amable sino una advertencia sobre la naturaleza destructiva de un artefacto literario que hemos decidido llamar la maquinaria del perd n y que se levanta sobre las cenizas de una tradici n polaca y el odio meticuloso de un austriaco para diseccionar la estafa del esp ritu humano.