"No podr a vivir sin estar o siendo ya yo misma esa luz o esa sombra misteriosa que es la poes a", ha dicho Miladis Hern ndez Acosta poeta cubana residente en Brasil. "Mueren siempre los ant lopes -congregados- entre los vagones". Es uno de los primeros versos de La isla preterida, un poemario donde de principio a fin la muerte hace de las suyas... Miladis es una poeta que opone la fineza del esp ritu y el buen decir (porque no se escribe poes a, as como as ) a las necedades de lo banal, a los desastres de la barbarie. Este libro, La isla preterida, lo demuestra. Algo que quiz s pertenece a la po tica de estos textos, significativamente anudados bajo un t tulo que no puede ser m s inquietante (porque la preterici n convoca al desamparo y el olvido), me ha obligado a reparar en la unicidad que los distingue. La po tica, para decirlo sin empachos te ricos, es aquello que alcanzamos a distinguir como regularidad en las articulaciones ntimas de un texto, de una obra, de un libro. Uno lee La isla preterida y comprende, poco a poco, que, en su base, su humus, hay dos dimensiones conectadas y que las conexiones act an de diversas maneras. Conexiones de interpelaci n: en la memoria cultural, en los referentes del sue o, en el duermevela de la lucidez y en la posibilidad de que una parte de lo escrito florezca en el traspatio (me arriesgar a usar una met fora) de los muertos ilustres, esos que siguen inseminando el pensamiento y creando, en t rminos griegos, estados de entusiasmo. Dos dimensiones: la inmediatez y la literatura. Qu hay con eso? Se trata de algo m s o menos consuetudinario, algo a lo cual nos acostumbramos como lectores-escritores. Sin embargo, si des automatizamos esa vivencia (ir del fregadero sucio, tras un almuerzo r pido, a la lectura de Rilke y al recuerdo de la pasi n de Anna Karenina, por ejemplo), una aventura singular sima tendr a lugar: la de acercar a la vida propia, a la vida m s usual y acostumbrada, ese ir m s all de Rilke (entre el susurro y el grito), e ir m s all de la desesperaci n sombr a y orgullosa de Anna, trucidada por ruedas de hierro menos crueles que las ruedas de hierro de los hombres. La isla preterida creo que formula una pregunta llena de ambici n y de esperanza: Qu hay, en m , de las grandes met foras de la literatura, Qu queda en mi cuerpo de los libros que han viajado precisamente a trav s de mi cuerpo? Con qu paisajes puedo so ar, qu indicios extra os tendr de la vida, hacia qu sitios nuevos ir tras leer las p ginas que me acompa an desde siempre? C mo volver a mirar el rostro de Baudelaire (la vida que no hemos visto detr s de ese rostro) tras leer a Miladis Hern ndez? C mo releer a Emily Dickinson e imaginar, a continuaci n, las andanzas solitarias de Robinson Crusoe en los limbos del Pac fico? Soledad, refugio en la poes a, tejido h bil de esa sustancia que dejan los poetas cl sicos. Una de las virtudes de La isla preterida es su capacidad de enumerar en silencio, con discreci n, las referencias que he nombrado y muchas otras. La autora no se entrega con facilidad a ese repertorio de im genes y s mbolos, ideas y palabras que provienen de regiones dispares de la met fora, sino que va teji ndolo todo hasta conseguir que algunos poemas funcionen como s mbolos "compactos". Y es all cuando los textos dan libre curso a otros que, en realidad, no est n dentro del libro ni han sido escritos. Tal es el efecto de leer buena poes a, para expresarme con sencillez: generar discernimientos que pertenecen de lleno al mundo de la met fora. Un mundo tan visible como invisible. Lirismo de los fluidos corporales, resistencia a la muerte por medio de la m s pura devoci n de la vulva, el pene, el semen y el orgasmo. La isla preterida subraya: todo el universo est ya dentro de nosotros, y es la poes a su origen m s cierto.
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