En agosto de 1842 entr subrepticiamente la fiebre amarilla al puerto de Guayaquil. En poco tiempo hab a causado estragos en la ciudad, con muertes y la paralizaci n de la econom a local. El a o 1843, aparte de ser eminentemente pol tico, tambi n fue el de las recriminaciones. Aquellos que advirtieron, pero no hab an sido escuchados, echaron la culpa de la epidemia a quienes no los escucharon. Felizmente, a nadie se le ocurri culpar a Rocafuerte, pues hab a reivindicado cualquier error con su entrega total a favor de los afectados. Rocafuerte hab a sido ejemplo de mandatario al trabajar incansablemente a favor de la comunidad a pesar de las terribles p rdidas personales que hab a sufrido. M s a n, fue un l der incomparable, que pudo convencer a personas valiosas de su mismo nivel para que colaboren con l, con total sacrificio, en favor del pr jimo. Las recriminaciones volaban de lado a lado, pero esto no solucionaba el problema, que a n continuaba, ni las discusiones llevaron a tomar medidas que sacaran al pa s del problema sanitario y econ mico que la peste hab a tra do consigo. La econom a nacional sufri gravemente por la paralizaci n que sufri el puerto de Guayaquil en su movimiento comercial.
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