La cruz ha sido un s mbolo central en la actividad de la Iglesia desde sus or genes, ya que representa el instrumento cristol gico de nuestra redenci n. En la cruz, el segundo Ad n fue obediente hasta la muerte, restaurando as el estado original del hombre, un nuevo g nesis. La cruz es el lugar al que el ap stol Pablo nos dirige constantemente, invit ndonos a presentarnos ante ella como un s mbolo de transformaci n continua. Aunque en ella se venci el pecado que nos condenaba, nuestras pasiones y ego smo deben ser confrontados diariamente en la cruz. Acercarnos a la cruz implica morir cada d a a nuestra naturaleza pecaminosa, como Pablo lo expres al decir: "Con Cristo estoy juntamente crucificado, no vivo yo, m s bien Cristo vive en m ". No hay otro lugar, ni lo habr , donde encontremos nuestra victoria sobre el pecado, excepto en la cruz.
Por alguna raz n, la perspectiva de la obra de Cristo en la cruz se rememora tradicionalmente solo una vez al a o, durante la Semana Santa. En este momento, la sociedad religiosa retoma el evento como un acontecimiento hist rico, pero a menudo olvida el aspecto del poderoso acto redentor y transformador que es fundamental para nuestra identidad cristiana. Por otro lado, la Iglesia posmoderna ha estado reemplazando la cruz por elementos culturales y ha modernizado la liturgia de tal manera que sus ceremonias han perdido vida y vitalidad, lo que merece una reflexi n teol gica profunda.
La cruz nos invita a reconocer la perfecci n de su obra, ya que a trav s de ella, todos los que creen obtienen la vida eterna. Si pudi ramos comprender cu n poderosa es la cruz en nuestra experiencia de salvaci n, nos ver amos a nosotros mismos como redimidos y en proceso de conformarnos a la imagen de Cristo. Es esencial comprender que, desde la cruz, el Padre nos observa y nos recibe como a sus hijos, marcados con el sello del Esp ritu Santo