El amanecer en La Agon a siempre llegaba acompa ado del graznido de los gavilanes. David despert ese d a con una extra a certeza en el pecho, como si el aire mismo vibrar con un secreto a punto de revelarse. Las tablas de madera de su cuarto crujieron bajo sus pies descalzos mientras se acercaba a la ventana, donde los primeros rayos de sol filtraban a trav s de un vidrio agrietado. Afuera, en la rama m s alta del mango que dominaba el patio, el gavil n de plumas azules - ese que s lo l y C sar parec an ver - observaba fijamente la casa con ojos que brillaban como monedas antiguas.
Viviana ya estaba despierta en la habitaci n contigua. David la encontr sentada en el suelo de tierra apisonada, rodeada de sus "hijas" - tres mu ecas de trapo con rostros dibujados con carb n de le a. La m s grande llevaba un delantal hecho de retazos del vestido que su madre hab a tirado el invierno pasado.
"Hoy vamos a cazar al azul", anunci David mientras ataba su l mina oxidada - la que llamaban Excalibur - a su cintura con un cordel de sisal. La hoja de metal reflej un destello azulado al pasar por el rayo de sol que entraba por la puerta entreabierta.