Barcelona, 1883. Un solar vac o en las afueras de la ciudad. Barro, malas hierbas, cabras pastando donde alg n d a deber a estar el altar mayor. Y un arquitecto de treinta y un a os que mira ese descampado y ve, con una certeza que no sabe explicar, lo que nadie m s puede imaginar.
Antoni Gaud acepta el encargo de construir un templo expiatorio dedicado a la Sagrada Familia. No hay dinero suficiente. No hay plazos razonables. No hay certeza de que lo vea terminado. Solo hay una visi n: un bosque de piedra donde las columnas crezcan como rboles, donde la luz entre como entra en un claro del bosque al amanecer, donde cualquier persona sienta que est en un lugar sagrado.
Lo que nadie imagina entonces es que Gaud acaba de firmar el contrato de toda su vida. Y que ese contrato lo exigir todo.
La barca de piedra recorre los cuarenta y tres a os que Gaud dedic a la Sagrada Familia a trav s de un coro de voces que lo rodean desde distintos ngulos: el cantero que aprende a leer el idioma de la piedra, el escultor que trae animales vivos al taller para capturar la vida antes de eternizarla, el periodista que se burl durante a os del templo extra o y pasa el resto de su vida intentando compensar el da o, la mujer que Gaud eligi no elegir y que regresa d cadas despu s para entender por qu . Y el propio Gaud , cuya voz interior revela no un santo ni un genio sin fisuras, sino alguien que duda, que comete errores, que es duro a veces con quienes lo rodean, pero que es incapaz de traicionar su visi n.
La novela no termina con su muerte en 1926, atropellado por un tranv a y confundido con un mendigo. Contin a con los que se quedaron: los que trabajaron sin cobrar, los que reconstruyeron de memoria los planos destruidos en la Guerra Civil, los que tuvieron que decidir solos en los puntos donde los planos guardaban silencio.
Una historia sobre el precio real del sacrificio. Sobre la diferencia entre grandeza y bondad, y sobre si es posible tener ambas. Sobre generaciones de manos an nimas a adiendo su piedra al sue o de otro, sin ver el final, impulsadas nicamente por la certeza de que aquello merece existir.
La fe de plantar un rbol bajo cuya sombra nunca te sentar s. La fe de construir una barca que navegar mucho despu s de que hayas muerto.