"La se ora Pangreaves prepar todo para una merienda convencional: las tazas de chocolate; la chocolatera hirviente (capaz de conservar la temperatura durante una hora seg n el fabricante); las pastas; el az car para espolvorear en los churros; la crema de mantequilla sin sal; una jarra de agua helada, con una rodaja de lim n y una varilla de canela; y los ceniceros y las cestillas para los cigarrillos. Era la forma de recibir una tarde de entresemana, todos los jueves, con su nueva asistenta Benita, antigua criada y cocinera, y vecina de los Figuerola.
Cuando todo estaba dispuesto en la mesa grande del comedor (que apenas se utilizaba ya, desde la muerte del se or Hip lito Pangreaves, fuera de aquellas efem rides y eventos), empezaba invariablemente a oscurecer, delicadamente en verano y de sopet n en invierno. Tal era la regularidad de sus costumbres. Y la se ora Pangreaves, viuda de un m dico de familia militar, se quedaba pensativa en la penumbra.
En ese momento sonaba el timbre.
- Vete a ver qui n es, Benita Qui n es el que nos interrumpe. Y mira por la mirilla de la puerta antes de abrir, que hay muchos violadores.
- S se ora.
Benita escuchaba, pasmada, sin rechistar.
Soy Hip lito, Benita El sobrino de la se ora. Abre, que me voy a a quedar tieso en la escalera. Y la figura turbia se mov a en el descansillo sin luz.
- brele ya que se calle y entre. Y vamos a lo nuestro.