Este libro no es una cr nica de sucesos, sino el inventario de una erosi n. Quien se adentre en estas p ginas debe saber que no encontrar en ellas la pica de los triunfadores ni el consuelo de las grandes tragedias, sino la anatom a minuciosa de una desaparici n. El hombre que habita este relato es un habitante de las pausas, un funcionario de su propio desasosiego que ha comprendido, con una lucidez que raya en lo criminal, que la existencia es apenas un malentendido entre la biolog a y el registro civil.