Me mir al espejo esta ma ana. Mi rostro, cansado, me devolvi la mirada con una sinceridad brutal. Las huellas del tiempo marcaban rutas de batallas vivas; no eran simples pliegues, eran cicatrices del alma. Mi cabello, ahora entre gris y ya no tan abundante, como las nubes antes de una tormenta, parec a brillar bajo la luz tenue del ba o. Y en ese momento... Sent que el tiempo se deten a.
Los recuerdos comenzaron a llegar como una pel cula antigua: sin sonido, pero con una fuerza emocional abrumadora. Volv a ser ese ni o curioso, de mirada inquieta, con mil sue os en la cabeza. So aba con ser alguien grande... alguien valiente, como los h roes de las pel culas o los que ve a en los libros ilustrados.
Me vi en la casa humilde donde crec , en Chihuahua, Chihuahua, M xico, en aquel a o de 1980. Ah estaba yo, peque o, con mis hermanos, correteando entre los cuartos y los aromas del desayuno que mi madre preparaba con tanto amor. Ella, fuerte pero dulce, con su mirada de guerrera cansada, hac a lo imposible por mantenernos unidos, por darnos lo poco que ten a.