El sol encontr finalmente un digno rival. En un juego eterno, sometido a los caprichos del destino, caro regres , pero esta vez sus alas no eran de cera, sino de metal brillante que desafiaba la esencia misma del sol. Ya no tem a caer; ahora lo forzaba a girar en su propia rbita, doblegando su naturaleza a su voluntad.
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