Sospecha, desconfianza, duda, incertidumbre, recelo, conjetura, especulaci n, suposici n y mucha imaginaci n: eso es lo que da forma a una novela de misterio. Eso es lo que la convierte en una novela de misterio.
Mi debilidad? Las coincidencias con sentido... y las que carecen de l.
Al observar los cuerpos -y hay bastantes-, si en efecto hubo una mano misteriosa detr s de todo, surge la pregunta inevitable: c mo se hizo?
Las explicaciones simples, evidentes a partir de los principales hallazgos forenses, se construyen con facilidad. Y, sin embargo, empiezan a resquebrajarse cuando el sentido com n sugiere que podr a ser de otro modo, sembrando desconfianza donde antes hab a fe ciega y creando un juego l dico de sospecha que se infiltra en todos los aspectos del crimen.
Se convierte en un juego para el asesino -si es que existe-,
en el que detectives, polic as, forenses y abogados pasan a ser simples peones que se mueven en un tablero intentando dar sentido a los asesinatos.
Son ciento sesenta y tres palabras y no te he dado ni una sola pista.
En efecto, nunca mejor dicho: entre sospechas anda el juego.