Estoy aqu guardado o escondido en esta celda tibia de septiembre donde anoto el relato que he encontrado sin deciros jam s una palabra, ya que si hubiera hablado, creer ais que era un loco que imagina las cosas m s extra as. Estoy aqu bebi ndome el esbozo de un tiempo inexistente. Porque anduve buscando las verdades que nadie m s conoce y fue casualidad o fue fortuna y por eso part a en los caminos sin deciros jam s a donde iba. Y despu s de alg n tiempo regresaba y os contaba que tal y que tal cosa en la mesa camilla de diciembre. Fueron tiempos que ya he de imaginarme, porque andan borrosos en la mente y quiero destilar esa memoria que hurga cuando duermo. La que hurg en el ni o que yo era. Estoy ya apuntalando los diluvios que dejan que la vida y sus estelas indaguen en los ecos m s inciertos. Y hoy tengo que escribiros estas notas para que recel is de aquellos mundos que quiz ya no existan, porque el febril legajo en que anotaba ya no guarda silencios y temo que me dejen atascado en un rinc n oscuro. Del que ahora he de huir, tomando fuerzas para dejar la impronta de ese tiempo. Que escuchar viejas leyendas ha sido mi pasi n, por eso me reun a, con tanta frecuencia, en los pueblos m s ntimos y remotos de la vieja Maragater a, para hablar con sus habitantes. Porque los que a n quedaban en los territorios del origen, invest an una p tina que les mimetizaba con la propia naturaleza y de ese modo, conoc an y entend an los signos del silencio. Los verdaderos signos que suscitan las eclosiones que nacen del abismo e interioriza al hombre. Y es que el ser humano, inicialmente, lat a en sus adentros y distingu a cada una de las se ales que le custodiaban. Y la tierra le acompa aba en el sustento, ofreciendo dorados y primitivos cereales que se molturaban en los peque os molinos de r os muy humildes y de arroyos. Fabricaban harina con la que amasaban grandes hogazas de pan, cuya corteza se tornaba del color de los surcos de la tierra. Escuch , en muchas ocasiones, relatos dif ciles de comprender, porque tentaban con sus dedos lo visceral del hombre. Acotaciones de un mundo pleno que exist a, solamente, en la ofuscaci n de quien lo amaba. Otras veces, me narraban lo que ya se hab a escuchado en las veladas de las noches m s largas de los inviernos. Pero, en las unas y en las otras, hab a un mismo denominador: quien hablaba, cre a a pies juntillas en la veracidad del relato. He sido paciente y constante, porque recorr , a lo largo de los a os, infinidad de escondrijos del pa s de los maragatos en busca de las pasiones que nacieron con el hombre sencillo, con el que participa y particip , a lo largo de siglos y milenios, en la plenitud de las emociones de la vida; sin ning n tipo de condici n ni interferencia que pudiera distorsionar lo aut ntico y visceral de la palabra.Los hombres hemos sido necesarios para la trasformaci n del paisaje, para la adecuaci n del mundo, para la creaci n de espacios con leyendas y fantas as que, mezcl ndose con la verdad de cuanto existe, fundaran su verdad. Pero cerca del hombre, alrededor del hombre, se instauran m s verdades para que existan mundos paralelos, impenetrables los unos en los otros, capaces de succionar la esencia de las cosas y convertirlo todo en plenitud o en todo lo contrario, que eso nunca se sabe. El hombre es plenitud y por eso tiene -tenemos - la capacidad de enso ar y recrear desiguales ambientes y horizontes tambi n imaginarios que, a pesar de ser distintos, han de seguir formando parte de este mismo solar en que existimos. Los habitantes de las aldeas apartadas me ense aron a conciliar en la raz n de cuanto digo, a entender los pormenores de todo aquello que late en el conf n del viejo cosmos, que siendo referencia de infinitos, engendr con su origen las pulsiones de todo cuanto podamos imaginar. Somos, por tanto, c mplices en la certeza y el discernimiento sobre todo ese espacio que nos une. Formamos p
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