Era una ma ana l vida de finales de noviembre del a o de Nuestro Se or de 1348, y el viento, ese inclemente mistral que los lugare os llaman el flagelo de Dios, aullaba entre las almenas inacabadas del Palacio Nuevo con la furia de un coro de demonios escapados del T rtaro. Avi n no era Roma; carec a de la santidad intr nseca de las piedras antiguas, de la sangre sedimentada de los m rtires primigenios y de la memoria de los C sares, convertida en cimiento de la Fe. Avi n era, otra cosa, una Babilonia de piedra dorada y lodo, una fortaleza de soberbia erigida sobre la orilla de un R dano turbulento que arrastraba hacia el mar las inmundicias de media Francia. Yo, Marsilio, indigno hijo de la orden menor de San Francisco, me encontraba all no por vocaci n cortesana, sino arrastrado por un mandato que no admit a demora ni duda, con el h bito ra do y las sandalias gastadas por el largo camino desde las tierras de Italia, donde el aire era m s dulce pero la libertad de pensamiento m s peligrosa.