La sangre siempre deja un rastro. No importa cu nto intentes borrarla, siempre queda impregnada en el asfalto, en las paredes, en la piel. En la conciencia. Andrey lo aprendi desde el primer disparo, desde la primera vez que vio a un hombre caer y supo que su vida nunca volver a a ser la misma.
San Jos , Costa Rica, 1952. Una ciudad llena de secretos, donde los negocios sucios se cierran con whisky barato y promesas falsas. Donde la vida vale lo que alguien est dispuesto a pagar por ella. Y Andrey, con apenas veinte a os, ya hab a entendido que en este mundo solo hay dos tipos de hombres: los que mandan y los que mueren.