Vicente tiene setenta y cuatro a os y est solo.
Su mujer muri hace tres a os y nadie del pueblo fue a su funeral. Sus vecinos lo ignoran, lo desprecian, lo tratan como si fuera invisible. As que cada tarde camina hasta el obelisco, ese monumento olvidado en las afueras del pueblo, y se queda all , fumando, observando la piedra negra.
Es su ritual. Su nica constante.
Hasta que un d a, frente al obelisco, Vicente imagina algo terrible: la cara de su vecina Amparo aplastada contra la piedra. La imagen es tan v vida, tan real, que puede ver los huesos rompi ndose, la sangre en la piedra. Y entonces siente algo inesperado.
Placer.
Un placer intenso, abrumador, que lo recorre como una descarga el ctrica. Un placer que lo asusta y lo excita a partes iguales.
Al principio intenta ignorarlo. Son solo pensamientos, solo fantas as. Pero los pensamientos vuelven, cada vez m s espec ficos, cada vez m s violentos. Y con cada pensamiento, el placer se intensifica. Vicente empieza a tomar notas sobre sus vecinos: sus rutinas, sus debilidades, sus horarios. Se dice a s mismo que es solo un juego.
Pero no es un juego. Es una adicci n.
Y como toda adicci n, necesita ser saciada.