En el Antiguo Egipto, para gobernar no bastaba con domar el Nilo: hab a que ser un dios. O al menos parecerlo.
Esta es la historia de un hombre que no quiso pretender lo que no era -o por lo menos no directamente-, y que aun as movi un imperio. Un pr ncipe que era esclavo, un egipcio que era hebreo, un hombre culto educado en la mejor corte del mundo antiguo que un d a decidi que su pueblo merec a algo m s que ladrillos y latigazos. Y de c mo el conocimiento, bien usado, puede parecerse mucho a un milagro.
El Juicio de Mois s no es un tratado de teolog a, ni una apolog a, ni un panfleto. Es una especulaci n hist rica con sentido del humor, escrita desde la convicci n de que lo divino, cuando se toma demasiado en serio a s mismo, acaba volvi ndose insoportable. Y de que Dios, probablemente, tiene mejor sentido del humor que la mayor a de sus representantes.