En la Sierra Madre Occidental, un ni o aprendi tres cosas: a leer huellas, a leer rostros, y a leer un tablero de ajedrez que le regal un jesuita. Nadie le advirti que en su tierra saber demasiado no protege a nadie. Marca.
Santiago Gonz lez se hizo polic a para entender la m quina que mataba a los suyos. La entendi tan bien que la m quina decidi quitarlo del tablero. Sobrevivi a una emboscada, cruz el desierto y enterr su nombre en un taller de imprenta al otro lado de la frontera. Se volvi invisible, que era la nica forma de seguir vivo.
Hasta que en Phoenix empezaron a aparecer cuerpos. Y el hombre que ya no era nadie reconoci , en el orden de las muertes, algo que nadie m s ve a: alguien estaba moviendo piezas.
Un viejo legista se lo hab a dicho a os atr s, sobre una plancha fr a:
A los hombres como nosotros no nos matan a nosotros. Nos matan lo que queremos, y nos dejan vivos para que carguemos el resto.
Jacob Wall lo sab a. Y aun as volvi a jugar.
Porque el dolor solo se detiene cuando alguien decide no repetirlo.