En alg n lugar del Estado de M xico, a principios de los a os noventa del siglo veinte, una reuni n entre amigos se realizar en un lugar distante del bullicio citadino.
A diferencia de otras reuniones, para algunos de los convocados, sta se trata de una ocasi n especial porque, entre los invitados, acudir uno cuya sola presencia es capaz de excitar al m ximo sus sentidos. La noche deja entrever, m s all del camino serpenteante que conduce a una casa en medio del campo y la luna llena, la seductora promesa de vivir una experiencia alucinante. Ante un imprevisto, las circunstancias parecen confabularse para montar un escenario donde cabe esperar que todo o nada ocurra. Todo depender , seg n parece, de las decisiones que cada personaje tome conforme avance la velada.
Lo nico que se vislumbra como inevitable es la colisi n de tres mundos, de tres formas distintas de ver la vida que, sirvi ndose del poder de la palabra, de la seducci n del baile y de vivir al m ximo cada momento, arriesgar n el todo por el todo, con tal de realizar sus m s ntimos deseos.