Se le hab a olvidado el n mero siete. El viejo cabrero estaba sentado en la misma roca de siempre, la que el sol de la tarde calentaba como un comal. Llevaba cuarenta a os contando sus cabras desde esa misma roca. Siempre eran doce. A veces once, si el coyote hab a tenido suerte. A veces trece, si una de las hembras hab a parido en la noche. Pero siempre pod a contarlas. Hoy no. Cont seis, sus labios movi ndose en silencio. La siguiente cabra, una de pelaje negro con una mancha blanca sobre el ojo, no ten a n mero. Su mente lleg a un muro liso. Despu s del seis ven a... nada. Un vac o. Mir sus dedos, esperando que le dieran una pista, pero eran solo diez trozos de carne y hueso extra os al final de sus brazos. No sinti p nico. Eso fue lo m s extra o. La ausencia de miedo fue reemplazada por una quietud hueca, una indiferencia que se extend a como una mancha de aceite sobre el agua de su conciencia. Se levant y camin de regreso a su choza. El camino, que sus pies hab an memorizado durante d cadas, se sent a desconocido. Cada piedra, cada matorral, era nuevo y sin significado. Cuando bebi agua del c ntaro, esta no ten a el sabor familiar del barro y el manantial; era simplemente un l quido h medo y sin memoria. Encendi una vela al anochecer. La llama arroj su reflejo sobre un trozo de vidrio roto que usaba como espejo. El rostro que le devolvi la mirada era el de un extra o, un viejo con ojos que no reconoc a. Busc en su mente la cara de su esposa, muerta hac a ya cinco inviernos. Recordaba que hab a existido una mujer, que hab a sentido calor a su lado en las noches fr as, pero su rostro era ahora una mancha de humo, una idea sin imagen. El olvido no era doloroso. Era una paz terrible, un borrado lento y met dico. Entonces, lo escuch . No era el sonido del viento en los pinos ni el aullido del coyote. Era un zumbido bajo, equivocado, que parec a venir no a trav s del aire, sino directamente a los huesos de su cr neo. Ven a de la direcci n del Cerro Decapitado, el lugar de las piedras antiguas que los mayores llamaban N'ts di, el lugar que desaprende. El viejo cabrero no sab a nada de eso. Su mente ya no conten a historias, ni advertencias, ni nombres. Dej la vela encendida. Dej la puerta de la choza abierta. Dej atr s a las cabras sin n mero y sin nombre. Sali a la noche fr a y, sin dudarlo, comenz a caminar hacia el origen del sonido. Sus pasos eran lentos, r tmicos y completamente vac os de prop sito. O, m s bien, su antiguo prop sito hab a sido borrado y reemplazado por uno nuevo y simple: unirse al silencio que ya caminaba por la monta a.
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