Su nombre era Marcus Zell, y era uno de los nuestros. Hay quien dijo de l que era un hombre adelantado a su poca. Yo, particularmente, s lo puedo decir que naci cuando ten a que nacer; en el preciso momento en el que era necesario. Lo que le distingui fue que, al contrario que el resto de los mortales, l s supo qu hacer con el tiempo que le hab a sido otorgado. Supo luchar y alzarse entre una sociedad que viv a dormida en una era de oscuridad; en una etapa en la que nadie se atrev a a levantar la voz; en la que la raz n se sent a oprimida y la inteligencia era poco m s que un pecado capital. Pero l nunca se escondi tras los f rreos muros del conformismo, nunca huy de su destino, ni se cobij bajo el l gubre manto de la ignorancia. Mientras casi todos dorm an, l despert , y no le gust lo que vio. Reneg del mundo de las sombras y carg ndose de voluntad esper la luz del d a; so ando, imaginando y fantaseando despierto. Dedic su amanecer a descubrir un camino por el que nadie hab a osado pasar; un sendero prohibido donde el rumbo a menudo se confund a con la locura. Se adentr en una aventura donde el xito resid a en no dar nunca marcha atr s, en seguir siempre adelante, aunque eso supusiera morir, aunque el asesinato fuera la nica garant a; la nica certeza.Muchas veces me dijo que, en todo lugar donde resid a la maldad, hab a lugar para muchas cosas buenas. Aquella ley era para l cierta porque pod a observarla cada d a, porque para l no hab a oscuridad, sino falta de luz. Y quiz fue, no aquella misma ley, sino su viceversa la que obvi Marcus. Aquella que dice que donde reside la bondad hay lugar para muchas cosas malas. Cosas tan malas como sucumbir ante nuestro propio destino.
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