Circula entre nosotros una expresi n que, repetida en funerales y despedidas, ha terminado por parecer an nima, como si hubiese nacido de la costumbre misma: vuela alto. Toda palabra tiene un origen, y en este caso remite a un gesto po tico preciso.
Fue el maestro Hugo No l Santander Ferreira quien la escribi en julio de 2015, en el contexto del estreno de su obra El Bot n, Ave Muerta Vuela Alto, presentada durante una temporada en el Teatro Bernardo Romero Lozano de Bogot . La lengua hizo su trabajo: tom la intuici n de un poeta y la volvi patrimonio com n, despoj ndola poco a poco de su firma.
La frase pertenece a Samuel: un hombre asesinado que regresa para anunciar que la eternidad es m s que met fora. Cuando su perro Caim n lo reconoce sin vacilaci n, cuando lo imposible se impone sobre toda duda razonable, Samuel pronuncia: "Ave muerta vuela alto", su declaraci n ontol gica.
Interrogada por Guillermo, Lola lo presenta como un proverbio egipcio que su esposo sol a citar, transcrito de una copia del Libro de los Muertos. La frase le fue revelada a Hugo en un sue o por las estatuas de Tebas.
La historia que se despliega es, en apariencia, sencilla: Samuel ha sido asesinado; su esposa Lola est a punto de heredar la hacienda Coraz n de Hiedra; Do a Norma, madre del difunto, la acusa de haberlo ahogado en complicidad con Guillermo, amante de Lola. Bajo la presi n de la sospecha, se acuerda una transacci n: un mill n de d lares en efectivo a cambio de la renuncia a la herencia, entregados un s bado por la noche en la sala principal de la casa.
El dinero cambia de manos. La irrupci n de Samuel desbarata el pacto.
Su presencia obliga a todos a elegir entre lo que ven y lo que est n dispuestos a admitir. Lola y Guillermo ensayan la incredulidad, luego la estrategia, finalmente la violencia. Frente a pruebas que se acumulan con una contundencia inquietante -el reconocimiento del perro, los recuerdos ntimos, la voz, los gestos, el lunar en forma de mariposa en la pantorrilla de Do a Norma-, persiste una resistencia m s profunda: la negativa a aceptar una verdad que desestabiliza el orden entero de sus vidas.
La obra habita este dilema sin salida, y en l descubrimos algo inc modo: nosotros, espectadores o lectores, funcionamos como los personajes. Queremos una prueba definitiva, una escena que declare: esto es real o esto es farsa. La concesi n de la obra a esa demanda es su tesis. La verdad, sugiere Santander Ferreira, es una operaci n de quien recibe los hechos. Samuel es real para Caim n, el perro; es sospechoso para Do a Norma, que lo reconoce y lo niega en el mismo aliento; es intolerable para Lola y Guillermo, porque su existencia los convierte en asesinos de alguien que sigue existiendo.
El t tulo de la obra funciona como un holograma: El Bot n se ala el dinero, la herencia, el cuerpo de Samuel como objeto de disputa; Ave Muerta Vuela Alto se ala lo que escapa de toda disputa. La expresi n completa une lo terrenal y lo trascendente en una paradoja que solo el teatro puede sostener: algo muerto que vuela, algo robado que se eleva, algo perdido que alcanza altura.
Estas p ginas recrean una paradoja que contin a tras el amanecer: si Samuel es realmente Samuel, el orden jur dico, el orden moral y el orden de la familia colapsan; si no lo es, la impostura es tan perfecta que equivale a la resurrecci n.
Un texto teatral que se resiste -y se resistir - a cerrarse hasta que todos los misterios del Ser nos sean revelados.