L eer el libro El blues del migrante, del escritor Ramiro Padilla Atondo, es un viaje no sólo por su vida personal, de alguien que tuvo que emigrar a causa de las crisis económicas en las que nos zambulleron los políticos e intelectuales del neoliberalismo, sino la identidad de los paisanos que se ven en la necesidad de abandonar a sus familias y sus terruños. El migrante es la gota de agua en el río de las civilizaciones, sin ella es imposible que el agua circule, alimente y genere vida, aunque haya unos necios que se afanen en detener el río con diques porque piensan que las aguas de las culturas humanas tienen dueño. Entender esta fundamental premisa ayuda a ser solidarios con el migrante, en un mundo que está lejos de adherirse a dicha sentencia, en especial en los Estados Unidos de América, uno de los países que se ha forjado y beneficiado una historia a partir de la migración (Ramón Cuéllar Márquez). Y digo que este nuevo libro, El blues del migrante, es una agradable sorpresa porque es su primera colección de relatos con sentido autobiográfico de forma directa. Para los muchos amigos, amigas y camaradas de Ramiro, estas historias no resultarán extrañas ya que, en conversaciones de sobremesa, en casa de algún amigo o hasta en la cantina, nos las ha comentado más de una vez. Aunque le faltaron algunas otras, quizás demasiado sicalípticas o, simplemente, porque Ramiro no quiso balconear gente. De cualquier manera, ya las irá sacando a la luz en algún momento, espero. Estas historias y vivencias que aquí nos relata, adquieren ahora una gran profundidad y a mí me causaron, lo tengo que confesar, un fuerte impacto emocional Alberto (Pérez Schoelly). T enía 26 años y un par de hijas. Mi exesposa estaba embarazada de la segunda cuando un anuncio en la televisión nos sacudió a todos. Un patético Jaime Serra Puche salía a dar la cara. La borrachera salinista había terminado. Nos quedaban las consecuencias. El peso caía destrozado y el Tratado de Libre Comercio hacía su labor con el campo. Los campesinos ya no tenían posibilidades de sobrevivir. Les quedaba el exilio hacia un país que anunciaba leyes más duras contra la inmigración mientras estrangulaban a nuestro país. Era la tormenta perfecta. En los noticieros se anunciaba el efecto tequila. Bill Clinton, el mismo que con una mano anunciaba un paquete de ayuda y con la otra decidía sellar la frontera, se saltaba el Congreso para su aprobación porque sabía que el desastre mexicano podía tener efectos globales (Ramiro Padilla Atondo).
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