A veces, el silencio pesa m s que cualquier palabra. Hugo lo sab a bien. Desde ni o hab a aprendido a convivir con las voces. No las de los dem s, sino las que habitaban dentro de su cabeza. Eran tan reales como el sonido del viento que rozaba su ventana, tan constantes como el pulso que le recordaba que segu a vivo. Sim n fue el primero en hablarle. Ten a una risa clara, infantil, capaz de romper cualquier oscuridad. Representaba lo que Hugo hab a perdido hac a tiempo: la inocencia. Luego estaba Eider, el curioso. Su mente era un torbellino de ideas, de teor as imposibles y sue os a n m s grandes. A veces parec a un hermano mayor que siempre ten a algo que decir, un consejo, una broma, una duda. Axel era diferente. Era fuego puro. Ira, deseo, impulso. Hugo lo tem a tanto como lo necesitaba, porque Axel era la voz que dec a lo que l nunca se atrev a a gritar. Pero tambi n era la que pod a destruirlo todo en un segundo. Y por ltimo estaba Liam. El ngel. Siempre calmo, siempre bueno. Su voz llegaba cuando el caos amenazaba con romperlo. Liam no ordenaba, solo comprend a. Cuatro presencias. Cuatro fragmentos de su alma en guerra constante. A veces se preguntaba si era una maldici n o un don. Si lo que viv a era locura o un tipo de magia que nadie m s entender a. Nadie lo sab a. Nadie deb a saberlo. Hasta que apareci ella. Vera. La chica de los auriculares rojos, que le sonri como si lo conociera desde siempre. Hugo no entendi por qu , pero en ese instante todas las voces se callaron. El mundo, por un segundo, fue silencio absoluto. Y en ese silencio, Hugo sinti algo que nunca hab a sentido antes: paz. No sab a que ese ser a el comienzo del mayor ruido de su vida.
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